
Una madre hace equilibrios con su bebé en brazos mientras trabaja en una mina artesanal de cobalto en las colinas sobre Kambove. Foto: Siddharth Kara
Hay un pasaje en Cobalt Red de Siddharth Kara —el libro de 2023 que se convirtió en un superventas del New York Times y finalista del Premio Pulitzer en la categoría de no ficción general— que cuesta quitarse de la cabeza. Al recordar su visita a una mina artesanal de cobalto en la provincia congoleña de Alto Katanga, Kara describe cómo, bajo una "colina anodina", existía "algo parecido a un hormiguero humano donde se excavaban túneles, se extraía, se lavaba, se empaquetaba y se inyectaba el valioso cobalto en la cadena de suministro, rumbo a las compañías que fabrican los coches y dispositivos recargables de todo el planeta".
Esta comparación desató la polémica: algunos críticos acusaron al autor (que además es profesor especializado en trata de personas y esclavitud moderna en la Universidad de Nottingham) de trivializar el sufrimiento de los mineros. Sin embargo, Kara sostiene que la expresión "hormiguero humano" buscaba reflejar exactamente cómo ven a estos trabajadores las corporaciones occidentales que, según denuncia Amnistía Internacional, "se benefician activamente" de su mano de obra barata y, a menudo, forzada).
Su obra refleja la desigualdad estructural en el corazón del extractivismo actual, especialmente en los países africanos, que son explotados de forma sistemática de una manera que —según declaró Kara en una entrevista con Back Market— guarda "claros ecos del colonialismo". Y añade: "Salta a la vista que los actores en la cúspide de la cadena de suministro no ven a los mineros del Congo como seres humanos. Son prescindibles. Son invisibles en muchísimos sentidos. Mi frase aludía a esa percepción concreta. Con tal de fabricar electrónica de consumo, hay empresas dispuestas a tolerar un trato inhumano hacia algunas de las personas más pobres del planeta".
El cobalto, un metal duro y de brillo grisáceo, es fundamental para las baterías que mantienen encendidos nuestros smartphones. Estabiliza los iones de litio, evitando que un iPhone se sobrecaliente y maximizando su densidad energética. Sin embargo, pese a concentrar el 70 % de la producción mundial de cobalto y condicionar mercados clave como el de las baterías para vehículos eléctricos, el Congo apenas ve redistribuida esa riqueza entre su población.
Se estima que el 74 % de la población de la República Democrática del Congo (RDC) vive en la pobreza, lo que ha llevado al Centro de Investigación de Derechos Humanos (HRCC) a instar a gobiernos, multinacionales e instituciones multilaterales a "a abordar de urgencia las condiciones abusivas y letales bajo las que se extrae el cobalto en el Congo, adoptando normas vinculantes para un aprovisionamiento ético". Actualmente, dado que el Congo tiene una capacidad limitada para procesar el cobalto, China compra y controla hasta el 80 % de la producción final.
"La destrucción ecológica, la polución y la contaminación que sufre el Congo son, literalmente, como presenciar una película de terror a tiempo real".
Al mismo tiempo, grupos armados (entre ellos el M23, respaldado por Ruanda) ocupan diversas zonas mineras y utilizan el tráfico ilícito de minerales para costear lo que la BBC califica como operaciones militares "brutales". A estas milicias se les acusa de no proporcionar condiciones de seguridad mínimas: en marzo, por ejemplo, 200 personas —entre ellas 70 niños— murieron en una mina de Rubaya tras un desprendimiento de tierra.
El reparto asimétrico del control del cobalto también ha dejado una huella ecológica devastadora en el Congo, visible en la contaminación del agua, la deforestación y la pérdida de tierras de cultivo. Además, miles de familias locales son expulsadas de sus hogares para abrir paso a nuevas explotaciones mineras. "Hay una hipocresía enorme", añade Kara. "Los gobiernos quieren que todos los ciudadanos conduzcan un coche eléctrico por el bien del planeta, ¿verdad? Pero no puedes salvar una parte del mundo a costa de destruir otra. ¿Dónde está la lógica en eso?".
El Índice Global de Esclavitud de 2023 estimó que hasta 407.000 personas vivían en condiciones de esclavitud moderna en el Congo. Kara señala que esta cifra incluye a miles de niños trabajadores, en ocasiones encañonados para bajar a la mina a picar el cobalto necesario para sostener la cultura occidental de cambiar de móvil cada año. Otro capítulo de Cobalt Red ha puesto a muchos lectores, en especial a padres y madres, ante el espejo de su relación con la fast tech.
En sus páginas, Kara recuerda lo que vio en el fondo de una galería congoleña: "Un cuerpo tendido en la tierra. Era un niño, inmóvil en medio de una tormenta de polvo y desesperación". Sin embargo, cuando surge este tema en la conversación, prefiere desviar el foco: "En cierto modo, centrar la historia en mí es faltar al respeto a la gente del Congo", explica. "Más que mis emociones, lo que de verdad cuenta es el dolor infinito de los padres, parejas y hermanos de esos mineros".
Y continúa con firmeza: "Los mineros de cobalto sufren fracturas graves, intoxicaciones químicas y muchos acaban sepultados vivos por los derrumbes. Por supuesto que presenciarlo fue demoledor, pero me veo más como un canal entre el pueblo congoleño y ese mundo exterior que no puede funcionar sin su miseria. Se trata de abrir los ojos a la sociedad y servirles de guía. La destrucción ecológica, la polución y la contaminación que sufre el Congo son, literalmente, como presenciar una película de terror a tiempo real".

Trabajadores en la mina Shabara, Congo. Foto: Siddharth Kara
En una sincera conversación con Thomas Hobbs para Back Market, Siddharth Kara analiza el impacto de su libro Cobalt Red, explica por qué el sector tecnológico "necesita más empatía" hacia los mineros y detalla sus propios proyectos para limpiar la cadena de suministro de este mineral en el Congo. La entrevista ha sido ligeramente editada y sintetizada para mayor claridad.
Supongo que cuando mucha gente oye la palabra "cobalto" piensa en el azul cobalto de los pintores impresionistas franceses, sin llegar a imaginar su papel en la fast tech. Por curiosidad, ¿qué despertó tu interés por este mineral?
Llevo investigando la esclavitud moderna y el trabajo infantil desde el año 2000. Este trabajo me ha llevado a decenas de países y sectores. Fue un colega congoleño mío quien, en 2016, me contactó para contarme que estaban ocurriendo cosas terribles en las provincias mineras a causa de la búsqueda de cobalto. En ese momento, no tenía ni idea de que el cobalto formaba parte de las baterías de los smartphones, ni de lo esencial que era para alimentar nuestro estilo de vida basado en dispositivos recargables. A raíz de aquello, hice cinco viajes al Congo para investigar más a fondo: el primero en 2018. Gran parte de mi objetivo era generar conciencia. El libro que surgió de esa investigación fue un bestseller del New York Times, así que lo logré en ese sentido, pero aunque se ha generado una enorme concienciación, esto no se ha traducido necesariamente en un impacto real y significativo sobre el terreno. Queda muchísimo trabajo por hacer.
Los smartphones desde los que mucha gente leerá este artículo seguramente contengan cobalto extraído por personas a las que organizaciones como Human Trafficking Search califican como "trabajadores esclavos" en el Congo. ¿Lo que ocurre en las minas y en la cadena de suministro es una prolongación del colonialismo, sobre todo por cómo las grandes potencias y multinacionales se lucran desde la distancia?
Sí, es la misma lógica del período colonial y la mentalidad colonialista: saquear recursos, explotar mano de obra barata y drenar materias primas del Sur Global para enriquecer a los gigantes industriales del Norte Global. Es exactamente la misma dinámica, con las mismas tácticas de desinformación y tergiversación de la realidad sobre el terreno. Y cuando alguien se atreve a decir la verdad, las grandes corporaciones que se lucran del cobalto responden al unísono: "Eso no pasa en mi cadena de suministro". Sus equipos de marketing hacen un buen trabajo hablando de estándares de derechos humanos, y la gente de a pie se lo cree, pero la verdad no está en los despachos de las Big Tech ni de los fabricantes de coches eléctricos: la verdad se encuentra en el fondo de una cueva y en la voz del pueblo congoleño.
¿Qué crees que impide que se limpie la cadena de suministro del cobalto?
El hecho de que las mineras viertan residuos tóxicos en ríos y lagos, y hayan arrasado millones de árboles... ¡es que de eso apenas se habla! Y luego, por supuesto, está el aspecto de los derechos humanos. Cuando tienes a miles de niños y a cientos de miles de personas trabajando en condiciones denigrantes, casi de esclavitud, para abastecer de metal a la cadena de producción, la realidad es que no lo hacen por gusto. Y este cobalto no va solo destinado a misiones espaciales [el cobalto es clave en tecnologías de varios proyectos de la NASA].

Un niño trabajador en una zona de minería artesanal en Kolwezi, junto a la mina de Kamoto Copper Company (KCC). Foto: Siddharth Kara
La mayor parte va a parar a la cadena de suministro formal de la tecnología de consumo. Hay una falta de responsabilidad, sin más. No puedes limpiar una cadena de suministro cuando grandes empresas y superpotencias mundiales como China siguen negando su implicación en el cobalto. Cuando estuve en el programa de Joe Rogan, mostré un vídeo grabado entre bastidores en una supuesta explotación industrial de cobalto: había 15 000 personas hacinadas en un foso sin una sola máquina pesada a la vista. Lo que te cuentan y la realidad son dos mundos totalmente distintos.
Lo comentabas antes de pasada: el impacto ambiental de todo esto es enorme. Aguas contaminadas por vertidos industriales, cielos cubiertos de una densa calima tóxica... ¿Cómo repercute todo esto en la esperanza y calidad de vida?
Aunque no trabajes en la mina, el sector te envenena cada día a través de los ríos contaminados y el aire tóxico. Las mineras de cobalto tratan el entorno como un vertedero químico. ¡Ni siquiera tratarían así su propio jardín! La tierra congoleña no se considera tierra de verdad. Es simplemente un territorio de saqueo. Las consecuencias médicas son gravísimas: desde malformaciones congénitas y cánceres hasta trastornos neurológicos y estrés postraumático por convivir a diario con la muerte. En mi informe académico, Blood Batteries, cuantifiqué parte de la deforestación del país, donde realicé muestreos de agua y demostré que estaba llena de toxinas.
Patrice Lumumba fue un icono de la liberación africana. Siempre recuerdo su cita: "África escribirá su propia historia, y será una historia de dignidad". Con frecuencia, los medios occidentales retratan al Congo únicamente como un lugar trágico, olvidando la dignidad de su gente. ¿Crees que esa perspectiva a veces se pierde?
África sigue atrapada en las secuelas del tráfico de esclavos, seguidas por el periodo colonial y, más tarde, por el expolio e injerencias de la era poscolonial. Lumumba apenas llevaba unos meses como primer ministro cuando las potencias neocoloniales se lo quitaron de en medio, precisamente porque defendía que África debía ser dueña de sus recursos, de su riqueza y de su dignidad. A los poderes establecidos no les interesaba ese plan, así que lo eliminaron y colocaron en su lugar a un monstruo como Mobutu.

Cobalt Red fue galardonado con el Premio Frederick Douglass. Foto: St. Martin's Press
Ojalá que algún día África llegue a ese punto, pero en lo que respecta al cobalto, la única forma de recuperar la dignidad es a través de algo propio. Estoy trabajando en varios proyectos piloto para intentar crear zonas de minería artesanal más respetuosas con los derechos humanos. Estamos en fases iniciales, pero quiero demostrar que existen alternativas que no ponen vidas en peligro y que pueden enriquecer al pueblo congoleño. Ahora mismo estamos delimitando zonas mineras, vallándolas e instalando almacenes y camiones. Lo verdaderamente positivo es que es un proyecto liderado por y para el Congo: impulsado por la sociedad civil para devolver el destino del país a las manos de sus trabajadores.
La dignidad del pueblo congoleño ha sido arrebatada, pero confío en que con el tiempo la recupere. Incluso si mañana el mundo dejara de necesitar cobalto por completo, todas las corporaciones que han amasado billones gracias a él deberían coger una parte de esos beneficios e ir al Congo a limpiar el entorno, plantar árboles, construir viviendas y levantar centros de salud para atender a quienes arrastran secuelas crónicas. Quizá entonces empezaría a mirar al futuro con algo más de esperanza.
Esta entrevista recoge las opiniones, declaraciones y experiencias personales de Siddharth Kara, autor de Cobalt Red. Las opiniones expresadas son exclusivamente suyas y no reflejan necesariamente la postura de Back Market. Cualquier afirmación relativa a empresas, administraciones, organizaciones, productos, cadenas de suministro, impacto medioambiental o condiciones de derechos humanos se atribuye al señor Kara o a las fuentes señaladas en el artículo, y no debe interpretarse como conclusiones independientes o acusaciones formuladas por Back Market.
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