
Lyu Shengwen, de 55 años, muestra el polvo de grafito acumulado en la fachada de su casa, la cual había limpiado el día anterior, en la localidad de Mashan (China), el 28 de mayo de 2016. Shengwen vive justo al lado de una fábrica de grafito propiedad de Aoyu, y los camiones cargados de mineral pasan constantemente frente a su puerta. La provincia nororiental de Heilongjiang es rica en grafito y concentra numerosas minas y plantas de procesamiento en la región. Los vecinos denuncian que la contaminación del aire y del agua afecta tanto a sus cosechas como a su salud. El grafito es un componente clave en las baterías de litio para teléfonos móviles y coches eléctricos. Foto: Michael Robinson Chavez/The Washington Post vía Getty Images
Una espesa nube de humo negro enturbia el aire de Mashan, en el noreste de China. Conocida por sus paisajes pintorescos y sus frondosos bosques, esta exuberante región ha quedado marcada por el auge de la producción de grafito, que mueve los hilos de la era digital.
El grafito se ha convertido rápidamente en uno de los materiales estratégicos más importantes del planeta. Este compuesto cristalino, impulsado por nuestra demanda insaciable de fast tech, resulta indispensable para fabricar baterías de iones de litio —es decir, las baterías recargables— utilizadas para encender smartphones, portátiles, vehículos eléctricos y una infinidad de dispositivos de los que dependemos a diario.
Según Peter Whoriskey, autor de un reportaje de investigación sobre el impacto ambiental del grafito publicado en The Washington Post en 2016, "tras salir de estas minas y refinerías chinas, gran parte del grafito se vende a Samsung SDI, LG Chem y Panasonic, los tres mayores fabricantes de baterías de iones de litio". Y aunque estas se presentan como una fuente de energía sostenible que promete un futuro más limpio, las minas y las comunidades de las que se extrae el grafito están pagando un alto precio, tanto humano como ecológico.
China procesa aproximadamente el 96 % del grafito para baterías de todo el mundo, consolidándose como un eslabón imprescindible en la cadena global de suministro tecnológico. Sin embargo, la rápida expansión del sector ha acarreado graves consecuencias. El fino polvo de grafito liberado durante la extracción y el procesamiento se asocia a enfermedades pulmonares irreversibles (similares a las que padecen los mineros del carbón). Y aunque las comunidades vecinas llevan años denunciando la contaminación del aire, el agua y los terrenos agrícolas, los controles sanitarios siguen siendo insuficientes.

Unos niños juegan en una calle de Liumao (China) el 29 de mayo de 2016. Liumao se encuentra a los pies de BTR, una gran mina y planta de grafito. La provincia nororiental de Heilongjiang cuenta con abundantes reservas de grafito y multitud de complejos mineros. Los residentes de Liumao denuncian que la polución del aire y del agua perjudica sus cultivos y su salud. Foto: Michael Robinson Chavez/The Washington Post vía Getty Images
"Eran solo niños jugando, pero quería que la gente se preguntase: ¿qué futuro les espera? ¿Qué pasará con esa generación? ¿Podrán tener una mejor calidad de vida?".
Mashan es solo uno de los cinco municipios repartidos en dos provincias afectados de lleno por la industria minera. Cuando el fotoperiodista Michael Robinson Chávez llegó al noreste de China para The Washington Post allá por 2016, pasó más de una semana capturando imágenes contundentes que sacaban a la luz la cruda realidad en estas regiones, tanto para los trabajadores como para los vecinos de la zona. El reportaje señalaba: "Las quejas por la contaminación se toparon con intimidaciones. Los vecinos que viven cerca de las plantas de grafito solían mostrar miedo a la hora de expresar sus protestas".
Para Chávez, este trabajo fue una prolongación natural de una larga trayectoria documentando el impacto de la actividad humana en el planeta. A lo largo de más de tres décadas, ha fotografiado conflictos bélicos, comunidades locales y el cambio climático desde América Latina hasta Siberia, logrando dos premios Pulitzer junto a los equipos de investigación de The Washington Post. El primero llegó por la cobertura global del periódico sobre los impactos del cambio climático provocado por el ser humano, y el segundo por su cobertura del ataque del 6 de enero al Capitolio de Estados Unidos.
Sin embargo, la historia del grafito siempre fue algo más que documentar la polución: consistía en visibilizar el factor humano de la cadena de suministro de materias primas que la gran mayoría nunca llega a ver. De hacer que la gente se lo piense dos veces antes de consumir en exceso y tome conciencia del verdadero peso de su tecnología. Una década después, esta cuestión es todavía más urgente. A medida que nuestra necesidad de estar conectados sigue creciendo, también aumenta la necesidad de arrojar luz sobre las realidades de la extracción. A continuación, Chávez repasa sus recuerdos más vivos fotografiando a los operarios y sus condiciones de trabajo, y subraya la importancia de exigir responsabilidades a las grandes tecnológicas.

Un agricultor regresa a casa tras trabajar en los arrozales a las afueras de Liumao (China), el 29 de mayo de 2016. La provincia nororiental de Heilongjiang cuenta con abundantes reservas de grafito y multitud de complejos mineros. Los residentes de Liumao denuncian que la polución del aire y del agua perjudica sus cultivos y su salud. Foto: Michael Robinson Chavez/The Washington Post vía Getty Images
Viajaste al noreste de China en 2016 con The Washington Post para documentar cómo el polvo de las minas de grafito afectaba al aire y a las reservas de agua. ¿Qué es lo primero que te viene a la memoria al pensar en aquel reportaje?
Ya había estado en China antes, pero nunca en la región nororiental de Manchuria. Fuimos en verano y el paisaje era espectacular. Había unos bosques inmensos y unos parajes preciosos... Me sorprendió muchísimo.
Íbamos un cámara de vídeo, un redactor, un productor local que nos ayudaba sobre el terreno y yo. Recuerdo que fuimos en coche a una de las fábricas de grafito. En una de las fotos se ve a un hombre caminando frente a la planta, completamente cubierto de grafito. Son partículas tan finas que se impregnan en absolutamente todo. Y lo peor es que apenas había sistemas de filtrado ni para los trabajadores ni para los pueblos vecinos.

Un operario camina por la fábrica de grafito de Jin Yang en Mashan (China), el 28 de mayo de 2016. En muchas de estas instalaciones, los trabajadores apenas cuentan con equipo de protección. El grafito que adquieren empresas como Samsung y LG Chem es un ingrediente básico para las baterías de litio de móviles y coches eléctricos. Foto: Michael Robinson Chavez/The Washington Post vía Getty Images
¿Por qué se te quedó grabada esa imagen en particular?
[El hombre retratado] había limpiado el lugar aproximadamente una hora antes de que llegáramos, porque sabían de nuestra visita. Preferiríamos que no lo hubieran hecho, pero era una cuestión de orgullo. Decían: "Vamos a adecentar esto un poco", y me pareció un gesto muy tierno. Pero luego él mismo me dijo: "Mira, todo esto se ha acumulado en solo una hora". Es una especie de asesino invisible. No lo ves en el aire hasta que cae y empieza a acumularse: solo entonces te das cuenta. Respirar todo eso tiene que ser devastador para la salud.
Aunque solo estuvisteis cubriendo la historia cerca de una semana, ¿qué se siente al pasar tanto tiempo en un entorno tan tóxico?
Por suerte no nos alojábamos justo al lado de las fábricas, solo íbamos allí a trabajar. Pero esa era la gran paradoja de todo el asunto. Por un lado, tenías las plantas de grafito y ese polvo asfixiante en el ambiente —sobre todo si el viento soplaba hacia tu casa o tu aldea—, y por otro lado el paisaje era impresionante. Había bosques de coníferas preciosos por todas partes. Era un contraste increíble. Recuerdo haber pasado bastante tiempo con algunas familias, entrando en sus casas y hablando con ellas. Tenían problemas graves con la agricultura, con el agua y con el rendimiento de sus cultivos, y lo atribuían a los vertidos de las fábricas de grafito. Estaban indignados porque nadie hacía nada al respecto, y no tenían miedo a ningún tipo de represalia.

Yu Zhen Jun, un agricultor local, se lava las manos tras sembrar en su campo de maíz a las afueras de Liumao (China), el 28 de mayo de 2016. Jun califica el aire y la tierra de "maitai" (sucios), fruto de la contaminación provocada por una fábrica cercana de Aoyu, y asegura que sus cosechas han mermado por la polución. Foto: Michael Robinson Chavez/The Washington Post vía Getty Images
¿Qué es lo que más recuerdas de fotografiar las fábricas por dentro?
Tuvimos que ser muy cuidadosos. Recuerdo entrar corriendo a la fábrica y empezar a hacer fotos, porque me dije: "O lo hacemos ahora o no lo hacemos". Así que el cámara y yo entramos a toda prisa y los trabajadores se quedaron pensando: "Dios mío, ¿quiénes son estos?". Empezaron a caminar hacia las oficinas, pero nos dio tiempo a sacar las fotos, grabar buenos recursos en vídeo y salir de vuelta al coche.
Unos días después notamos que alguien nos seguía. Al final los encaramos y les preguntamos quiénes eran. Saltaron con que estaban "trazando la ruta para una carrera ciclista en China". Sabíamos de sobra que nos estaban vigilando y que aquello no era más que una tapadera.
"Estas materias primas pueden pasar por varios intermediarios antes de terminar en un producto como un iPhone. Una empresa como Apple puede estar a dos o tres grados de separación de la fuente original, lo que hace que rastrear la cadena de suministro sea increíblemente difícil".
¿Por qué era tan importante documentar las condiciones de los trabajadores y exigir responsabilidades a las empresas por lo que descubristeis?
Nos pareció importante que la gente entienda lo que están viviendo estos trabajadores, de dónde se extraen los materiales y el coste humano que hay detrás de todo ello.

Sacos empleados para transportar grafito en camiones amontonados junto a una fábrica en el distrito de Mashan (China), el 28 de mayo de 2016. Foto: Michael Robinson Chavez/The Washington Post vía Getty Images
Más de una década después, ¿cuánto se ha avanzado en la defensa de los derechos laborales, el impacto ambiental en las comunidades locales y la falta de transparencia en las cadenas de suministro globales?
La verdad es que no sé cuánto ha cambiado. Tengo la sensación de que gran parte de todo esto sigue ocurriendo. Lo difícil es saber si las operaciones mineras que documentamos siguen estando directamente conectadas a esas cadenas de suministro de la fast tech. En el Congo, muchas de las minas son de propiedad china y libanesa, y en China la industria pertenece en su inmensa mayoría a empresas locales.
El problema es que estas materias primas pueden pasar por varios intermediarios antes de acabar en un producto como el iPhone. Una empresa como Apple puede estar a dos o tres grados de separación de la fuente original, lo que hace que rastrear la cadena de suministro sea increíblemente difícil. Para saber realmente lo que está pasando, habría que investigarlo de forma constante.
El móvil más sostenible es el que ya tienes.
Back Market está luchando por un mundo donde los móviles duren al menos 10 años, mediante el cuidado, la reparación, la reutilización y el reacondicionado.