
Detalle del rostro de un joven minero en primer plano con la linterna apagada junto a una representación de "El Tío" (figura mítica considerada el dueño de las minas y de sus minerales). Foto: Simone Francesangeli
En las minas del altiplano sur de Bolivia, en Potosí, se extrae a diario y en condiciones de trabajo inseguras un metal fundamental para los smartphones. Esta realidad está marcada por la explotación de menores que intentan ganarse la vida en una economía en caída libre.
Es una historia que se remonta a la época colonial, cuando de esta misma región salían toneladas de plata para llenar las arcas del Imperio español. Hoy, cientos de años después, las multinacionales siguen extrayendo materias primas valiosas y metales como el mineral de zinc sin que Bolivia reciba un solo céntimo a cambio. Mientras tanto, los mineros artesanales siguen picando piedra, ajenos al verdadero valor de lo que se envía al extranjero para dar vida a los dispositivos tecnológicos que usamos en todo el mundo.
Jonathan tiene 14 años y trabaja en una mina de Potosí durante las vacaciones escolares. Empezó el año pasado tras la propuesta de un familiar para ganar algo de dinero y ayudar en casa. Lo que más recuerda de sus primeros días bajo tierra es la oscuridad: profunda, absoluta, rota únicamente por el fino haz de luz de la linterna de su casco. Tras la muerte de su padre, su madre también entró a trabajar en la mina recogiendo el mineral que sale de los túneles.

Un niño minero carga con dificultad varias piedras para sacarlas de un túnel. Foto: Simone Francesangeli
"En vacaciones me voy a la mina. Mi madre también trabaja allí: es llampera. Las llamperas se encargan de seleccionar el mineral después de que los carros descarguen el material", explica Jonathan.
Está en segundo año de bachillerato y puede que vuelva a la mina durante las próximas vacaciones, junto con dos de sus compañeros de clase. Ninguno imagina que el mineral de zinc que extrajeron de estas tierras áridas se refina en países europeos y asiáticos para recuperar el indio, un metal crítico en un mundo cada vez más tecnológico que se utiliza para fabricar móviles con pantalla táctil, paneles planos, luces LED y placas solares.
El mineral con zinc extraído de las minas se traslada a plantas concentradoras, donde se tritura y se somete a flotación por espuma para obtener concentrado de zinc. Después se envía a través de puertos chilenos hacia fundiciones de zinc, donde el indio y otros metales traza quedan concentrados en los residuos del proceso.
Esos residuos viajan más tarde a refinerías especializadas donde finalmente se recupera el indio. Gracias a su combinación única de conductividad eléctrica y transparencia, este metal permite fabricar el recubrimiento conductor ultrafino que hace que las pantallas táctiles de los smartphones respondan al mínimo contacto de las yemas de nuestros dedos.

Un joven minero a punto de marcharse en su moto. Foto: Simone Francesangeli
La economía del indio
Bolivia es un actor clave a nivel mundial en el suministro de indio sin refinar, ya que sus minerales de zinc contienen algunas de las concentraciones más altas de este metal en todo el mundo. Potosí representa el 86 % de la producción de zinc del país, según datos del Ministerio de Minería. Además, es el departamento con mayor volumen de exportaciones de Bolivia, según el Instituto Nacional de Estadística. Paradójicamente, es también uno de los departamentos más pobres del país, donde miles de personas no tienen ingresos suficientes para cubrir sus necesidades nutricionales mínimas básicas.
El indio obtenido mediante trabajo infantil procede habitualmente de cooperativas y de la minería informal a pequeña escala, un sector que ha ganado enorme peso y poder económico durante la etapa socialista bajo el MAS. Este Gobierno, encabezado por el líder de izquierdas Evo Morales, se mantuvo en el poder casi 20 años consecutivos forzando los límites constitucionales y apostó por un modelo eminentemente extractivista basado en la explotación intensiva de hidrocarburos y minerales.
Aunque solo el 9 % de la producción de zinc proviene oficialmente de cooperativas, según datos gubernamentales, las cifras pueden ser engañosas. Los balances de producción se sustentan en declaraciones juradas de buena fe, documentación alterada y la falta total de un sistema fiable de trazabilidad. No existe un control efectivo sobre el terreno: los funcionarios se limitan a registrar el origen de los minerales fiándose de la "buena fe" y sin realizar inspecciones rigurosas, como explica Alfredo Zaconeta, investigador del centro de estudios boliviano CEDLA (Centro de Estudios para el Desarrollo Laboral y Agrario).
"En vacaciones escolares, las minas se llenan de menores de edad. Nadie te pide el carnet ni nada parecido"
Entonces, ¿adónde va el indio?
Alrededor del 67 % de las exportaciones de zinc de Bolivia van a Asia: el 33,6 % a Japón, el 23,9 % a China y el 9,5 % a Corea del Sur, según datos del Ministerio de Minería. Estos tres países se encuentran entre los principales productores mundiales de indio refinado. En conjunto, acaparan aproximadamente el 93 % de la producción mundial, aunque muchos otros países forman parte de la cadena de suministro global de indio.
El Departamento de Trabajo de Estados Unidos añadió el zinc boliviano a su lista de bienes producidos con trabajo infantil en 2010. Y, en 2024, se reportó que la producción de indio en Corea del Sur dependía del zinc boliviano extraído con trabajo infantil. Son países del primer mundo que presumen de liderazgo responsable en la economía global, lo que hace que recurrir al trabajo infantil resulte una flagrante contradicción.

Un niño minero pica piedra en un túnel del Cerro Rico de Potosí, Bolivia. Foto: Simone Francesangeli
El Ministerio de Minería de Bolivia no ha respondido a las peticiones de declaraciones. Tampoco lo hicieron las embajadas de los países mencionados ni Glencore, otra de las compañías señaladas por la prensa por comerciar con zinc boliviano. Por su parte, un portavoz de Trafigura afirmó que la compañía no comercializa directamente con indio, según explica, aunque sí compra "concentrados de zinc procedentes de Bolivia sujetos a nuestro Programa de Aprovisionamiento Responsable, que incluye la evaluación de proveedores y auditorías externas basadas en criterios de derechos humanos, incluido el riesgo de trabajo infantil".
Asimismo, refirió que "cuando se detectan deficiencias, los proveedores deben aplicar planes de mejora. Si los riesgos no se pueden subsanar, se pone en marcha un procedimiento estructurado de desvinculación responsable".
La normalización de los mineros menores de edad
Aunque no es habitual encontrar a niños menores de 14 años en las minas bolivianas, a partir de esa edad la presencia de adolescentes sigue siendo una constante, según confirman diversas fuentes sobre el terreno. Se les suele emplear para empujar carretillas, meterse por galerías estrechas, avisar de detonaciones y buscar restos de mineral entre los escombros descartados.
"En vacaciones escolares, las minas se llenan de menores de edad. Nadie te pide el carnet ni nada parecido", cuenta un minero de 20 años que prefiere no dar su nombre por miedo a perder el empleo. Empezó a bajar a la mina con 16 años y desde entonces no lo ha dejado. Sus tres hermanos y su madre también trabajan en el sector.
"En las circunstancias actuales, Bolivia no está en condiciones de erradicar el trabajo infantil en la minería"
Los menores están expuestos a derrumbes, gases tóxicos y polvo. Como ocurre con todos los trabajadores de las cooperativas, las faenas se llevan a cabo sin medidas de seguridad adecuadas y en un entorno donde el consumo de alcohol es generalizado. Aunque las cooperativas nacieron como una vía para que los mineros sin recursos se organizaran y generaran su propio empleo, en la práctica "se han transformado en empresas privadas", denuncia Vivian Lagrava, investigadora de la organización local de derechos humanos Empodérate.
En algunos casos, los socios de las cooperativas ya no trabajan: se limitan a cobrar dividendos mientras subcontratan ilegalmente a terceros para que realicen la extracción. Las cooperativas no pagan impuestos, abonan regalías mínimas y contratan trabajadores sin cobertura legal alguna (entre ellos, adolescentes), explica Lagrava. "Las cooperativas han desvirtuado su propósito fundacional para engordar los beneficios de sus socios".

Un padre y su hijo, ambos mineros, preparan dinamita para las detonaciones en la mina. Foto: Simone Francesangeli
El precio que pagan los adolescentes por el indio
El repunte de las cotizaciones minerales ha hecho que el trabajo en la mina sea más lucrativo: los mineros ganan unos 300 bolivianos (el equivalente a unos 25 dólares diarios en agosto de 2026), casi el triple del salario mínimo mensual si se trabaja de forma continua. Los adolescentes no siempre son forzados por alguien para trabajar; en muchos casos lo eligen empujados por pura necesidad económica, apunta Zaconeta.
La crisis económica en Bolivia —marcada por una inflación desbocada, inestabilidad política y escasez de empleo tras dos décadas de mala gestión económica bajo ejecutivos socialistas— ha obligado a los menores a arrimar el hombro para llevar un plato de comida a casa. Se les considera "mano de obra barata" y cobran menos que un adulto con la excusa de que los socios asumen riesgos y sanciones por emplear a menores, expone Esdenka Mullerina, exmiembro de CONNATSOP (Consejo de Niños, Niñas y Adolescentes Trabajadores Organizados de Potosí).
La legislación boliviana autoriza el trabajo a partir de los 14 años, pero prohíbe taxativamente actividades peligrosas como la minería. Sin embargo, la situación es de sobra conocida y admitida por los propios líderes cooperativistas. "Es verdad, no puedo negarlo. No puedo controlar a todos los socios. Somos millones", reconoce Óscar Chavarría, máximo responsable de la Federación de Cooperativas Mineras de Potosí.
Chavarría añade que la federación intenta erradicar el trabajo infantil entre sus afiliados, aunque a menudo son los propios menores quienes piden trabajo: "Muchos vienen a mi despacho diciendo que necesitan trabajar".
Los adolescentes abandonan con frecuencia la escuela para priorizar el trabajo. Otros, que no encuentran empleo en las cooperativas, se unen a grupos criminales que roban minerales, una actividad conocida localmente como jukeo. Priorizar el dinero rápido frente a la educación, la salud y el futuro refleja la enorme presión socioeconómica que sufre la región. Y pone de manifiesto cómo la fast tech suele olvidarse por completo de los mineros que hacen posible el funcionamiento de sus entrañas tecnológicas.

Un joven minero junto a su pareja embarazada. Foto: Simone Francesangeli
Desigualdad económica en Bolivia
A pesar de contar con concentraciones de indio entre las más ricas del planeta en sus yacimientos de zinc, Bolivia no percibe dinero por este metal. De hecho, el país pierde millones de dólares cada año, simplemente porque los minerales tecnológicos contenidos en los concentrados de zinc se exportan sin declarar.
"Los minerales ricos en indio extraídos por las cooperativas se trasladan y se procesan en el extranjero como subproducto del refinado del zinc, pero no generan ningún valor añadido en Bolivia, ni para la población local ni para el Estado", concluye un estudio de 2020 de la ONG belga CATAPA.
"Las corporaciones que se lucran con estos metales deberían contribuir a reparar los daños sociales y ambientales, mientras que los intermediarios incapaces de acreditar el origen limpio de los minerales no deberían poder operar en los mercados internacionales", sugiere el informe de CATAPA.
Las autoridades llevan décadas planeando levantar una refinería de zinc para recuperar estos minerales de alto valor, pero el proyecto nunca se ha concretado. El último intento, una refinería presupuestada en 329 millones de dólares adjudicada al consorcio chino formado por ENFI Engineering Co. y China Railway International Group, fue cancelada tras la llegada al poder de la administración que puso fin a dos décadas de gobierno socialista.

Detalle de un joven minero y su padre descansando tras una dura jornada de trabajo dentro de un túnel. Foto: Simone Francesangeli
El pasado mes de junio, representantes bolivianos mantuvieron contactos con Corea del Sur para cooperar en materia de transición energética, minerales críticos y tierras raras, dentro del plan del presidente Rodrigo Paz para abrir la riqueza minera de Bolivia al capital extranjero.
"En las circunstancias actuales, Bolivia no está en condiciones de erradicar el trabajo infantil en la minería", asevera Luz Rivera, integrante de Pastoral Social Cáritas Potosí.
Los expertos coinciden en que las autoridades deberían reforzar los ingresos familiares, diversificar el mercado laboral, dignificar las condiciones de trabajo y mejorar sustancialmente la educación pública para que los jóvenes tengan alternativas reales y no vean en los oscuros túneles de la mina su única salida a la pobreza. "Lo que habría que prohibir es la explotación infantil, no el trabajo infantil", defiende de forma controvertida Mullerina.
Mullerina conoce de cerca la dureza de la mina para los adolescentes: ha asistido a los funerales de amigos muertos en derrumbes de túneles y ha sido testigo de violencia doméstica. Sin embargo, también ha visto casos que desafían las ideas preconcebidas, donde algunos jóvenes han encontrado salidas laborales reales a través de una actividad que sigue formalmente prohibida por la ley.
En una sola inspección durante el primer viernes de las vacaciones escolares de invierno de Bolivia, la Defensoría del Pueblo local encontró a 15 menores de 17 años entrando a trabajar en las minas de Porco, en Potosí, entre ellos una chica. Las exportaciones mineras de Bolivia se dispararon un 120 % en valor hasta mayo de 2026 respecto al año anterior, impulsadas sobre todo por la escalada de precios en los mercados internacionales, pese a que el volumen físico exportado cayó un 18 %, según datos oficiales. Pero mientras el nuevo Ejecutivo de derechas no acometa reformas profundas, Bolivia seguirá exportando millones de dólares en indio sin ingresar un solo céntimo por el mineral en sí: una muestra flagrante de cómo los beneficios que genera la fast tech y la extracción mundial de materias primas siguen repartiéndose de forma profundamente desigual.
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