
El desierto de Atacama es el epicentro del extractivismo sudamericano. Foto: Paula Díaz Levi
Durante siglos, Sudamérica ha abastecido al mundo de materias primas. Desde el litio de los salares andinos, el cobre de Chile y Perú, el grafito de Brasil o el oro extraído de la Amazonia ecuatoriana y la peruana, la región alberga algunos de los recursos más codiciados del planeta, esenciales para fabricar desde smartphones y vehículos eléctricos hasta un sinfín de tecnologías que alimentan la economía de la fast tech actual.
Sin embargo, este modelo extractivo —centrado en la extracción a gran escala de recursos naturales para su exportación con poco o ningún valor añadido— también ha transformado paisajes, desplazado medios de vida tradicionales y dejado profundas huellas ambientales y sociales en las comunidades locales. Muchos de los conflictos socioambientales de América Latina están vinculados a la minería y a otras industrias extractivas. Como ha documentado Global Witness, la región se ha mantenido de forma constante como la más peligrosa del mundo para las personas defensoras del medioambiente.
Una de las regiones donde estas tensiones son cada vez más visibles es el llamado Triángulo del Litio, que abarca Chile, Argentina y Bolivia. Al albergar algunas de las mayores reservas mundiales de litio, esta región se ha convertido en una pieza geopolítica clave en la carrera global por los minerales críticos y en el mejor prisma para entender los estragos del extractivismo en Sudamérica.
Pocas personas han atestiguado este impacto tan de cerca como la ecóloga microbiana chilena Cristina Dorador. Nacida en Antofagasta, en el norte de Chile —el corazón minero del país—, creció en un entorno donde la minería ha condicionado la economía, el paisaje y la vida cotidiana durante generaciones, lo que ha permitido conocer de primera mano tanto sus ventajas como su altísimo coste social y ambiental.
Tras estudiar biología en Chile y doctorarse en Alemania, lleva décadas investigando los salares altoandinos y los microorganismos que habitan estos ecosistemas extremos del desierto de Atacama. Sus investigaciones, reconocidas a nivel internacional, han expuesto la relevancia ecológica y la extrema vulnerabilidad de estos parajes únicos ante la creciente demanda del mercado global de minerales.

La científica Cristina Dorador es experta en el extractivismo sudamericano. Foto: Paula Diaz Levi
Back Market habló con Cristina Dorador para comprender mejor por qué Sudamérica se ha convertido en el epicentro de la carrera mundial por los minerales críticos. En esta entrevista, repasa cómo su labor científica ha sido una ventana para constatar cómo la creciente demanda de materias primas por parte de la fast tech está transformando paisajes, ecosistemas y comunidades.
El extractivismo no es solo un modelo económico, sino una forma de organizar la relación entre la región, la naturaleza y el poder. ¿Cómo han moldeado las prácticas extractivas la vida en Sudamérica?
Cristina Dorador: La extracción de materias primas ha sido una de las fuerzas definitorias de la región. Cada país tiene su propia historia, por supuesto, pero la minería es un denominador común. La industria madedera de Brasil ha impulsado la deforestación en la Amazonia, y muchos países se centran en la exportación de alimentos. Pero hoy, la minería es probablemente la actividad que más condiciona el futuro de Sudamérica debido a la magnitud de la minería ilegal en países como Colombia, Brasil o Perú. ¿Por qué? Porque a menudo se realiza de forma muy rudimentaria, exponiendo a la población directamente a sustancias tóxicas. En la extracción de oro, por ejemplo, la gente está expuesta al mercurio o al cianuro, lo que tiene impactos directos en la salud. Hay una falta de dignidad en esta forma de supervivencia. En Guatemala, hay un río en el que la gente rebusca entre la basura con la esperanza de encontrar trozos de metal.
La minería ha dejado un legado tóxico y en cierto modo cyberpunk para las generaciones futuras. En países sudamericanos como Bolivia, Argentina y Chile, los salares siempre han sido fundamentales para la economía, aunque nunca se les haya dado ese reconocimiento. Siempre se dice que Chile es un país minero y que el cobre es el "sueldo de Chile". Pero todo proceso minero requiere agua y energía. ¿Y de dónde sale el agua en mitad del desierto? De las reservas subterráneas, de los salares y del único río que hay, el río Loa. Al final, es una de las consecuencias de tener unos Andes tan extremadamente ricos en minerales. El desierto de Atacama condensa prácticamente la tabla periódica al entero.
En trabajos anteriores propusiste el concepto de "microdesastre" para describir cómo el extractivismo altera los salares y su ecología microbiana. En Earth Matter: An Index on Extractivism, donde firmas un capítulo, se recogen casi diez años de investigación sobre el extractivismo en el norte de Chile. ¿Qué escena te hizo tomar conciencia de forma más tajante sobre los verdaderos costes del extractivismo?
Cristina Dorador: Es un mosaico de imágenes. Una de las primeras fue en 2001, cuando fuimos a tomar muestras en un humedal y lo encontramos completamente seco porque una empresa minera se había llevado toda el agua. Fue muy impactante. Otra cosa que me llamó la atención —casi hasta de forma graciosa— fue que siempre veía botellas de Coca-Cola llenas de un líquido amarillo anaranjado por los arcenes de las carreteras del desierto. De pequeña pensaba que era refresco que se había degradado con el sol y había cambiado de color. Ya de adulta entendí que era la orina de los camioneros.
"Si queremos imaginar futuros diferentes, debemos abrir espacio a la diversidad y a las voces que nunca han sido escuchadas. Si no lo hacemos, será muy difícil salir de la crisis de extractivismo a la que nos enfrentamos"
Eso dice muchísimo, para empezar, sobre las deplorables condiciones laborales que soporta muchísima gente en las regiones teóricamente más ricas de Chile. También refleja la falta de respeto por el desierto, que se trata como un vertedero, ya sea de desechos humanos o de residuos mineros almacenados en las balsas de decantación. La región de Antofagasta tiene el PIB más alto de todo Chile y, sin embargo, sufre índices preocupantes en educación y sanidad, elevadas tasas de pobreza y una enorme precariedad habitacional. Es una desigualdad histórica que se arrastra desde la época del salitre.
Esa idea del desierto como un lugar del que solo se extrae, y nada más, parece muy extendida.
Cristina Dorador: Exacto. Chile depende de la demanda global de lo que exporta. Durante la era del salitre —algo que Earth Matter analiza en profundidad— lo que se extraía era nitrato de sodio porque Europa lo necesitaba tanto como fertilizante como para fabricar pólvora. Pero en cuanto se inventó el nitrato sintético, toda la industria se vino abajo. Por eso el libro también habla de las huellas del salitre: de cómo dejó marcas en distintos lugares del mundo. En Alemania, por ejemplo, está la Chilehaus de Hamburgo, construida con dinero generado por el salitre chileno.
Hace años también estudiamos la microbiología de los montones de residuos que dejaban las plantas de procesamiento de nitrato. Los métodos de extracción eran extremadamente rudimentarios. Los obreros picaban piedra a martillazos bajo un sol abrazador y en unas condiciones terribles. Luego mezclaban el material con agua, lo hervían y lo condensaban, mientras todo lo demás se amontonaba en esas escombreras. Descubrimos que las bacterias del ciclo del nitrógeno seguían vivas y activas allí dentro.
Eso nos llevó a pensar que Chile no solo ha exportado nitrato, sino también la microbiología asociada a todas las sales y minerales que vende al exterior. Los microorganismos viven en todas partes y se adaptan a cualquier condición. Cuando el salitre se esparció por los suelos de Egipto, Europa y otros lugares para ayudar a que los cultivos crecieran, puede que no fuera solo por la sal en sí, sino también por las bacterias procedentes de Chile que activaron el suelo. Sin saberlo, Chile ha funcionado como un país extractivista que ha exportado diversidad biológica al resto del mundo.

Dorador ha dedicado su vida a buscar respuestas científicas a los cambios climáticos desencadenados por el extractivismo de materias primas. Foto: Paula Diaz Levi
Sin saberlo.
Cristina Dorador: Sin darnos cuenta, porque es invisible.
De todas las formas de resistencia o modos de vida que hay en estos territorios afectados, ¿cuáles te parecen más valiosos para afrontar esta realidad?
Cristina Dorador: La gente que vive hoy en estos territorios es muchísimo más consciente de lo que les está pasando. Antes, si hablabas con alguien que hubiera vivido en un pueblo salitrero o en un campamento minero, solía recordarlo con orgullo como la mejor época de su vida, a pesar de haber estado respirando una nube de ácido sulfúrico. Había un sentido de comunidad y de sufrimiento compartido que hoy se ha perdido bastante debido al individualismo imperante. Ahora hay un mayor empoderamiento gracias al conocimiento. En el desierto de Atacama, las comunidades indígenas atacameñas están muy organizadas a la hora de enfrentarse a industrias como la minería del cobre y del litio. A través de asambleas y de sus propios procesos de autodeterminación, deciden qué hacer. Además, muchos jóvenes han estudiado carreras como Geología, Biología o Hidrología —algunos de ellos de origen atacameño— y han regresado para poner su talento al servicio de sus comunidades. Eso tiene un valor incalculable. Pero lo más importante es que se escuche a la gente. El Estado suele tomar decisiones sin preguntar. Hoy existen más herramientas para evitarlo, pero las comunidades siguen necesitando organización, tiempo y recursos para plantar cara a los grandes proyectos extractivos.
Si pudieras pedir un cambio concreto de cara al futuro, ¿apostarías por las políticas públicas, por un giro cultural o por una nueva forma de imaginar la relación entre los seres humanos y la naturaleza?
Cristina Dorador: Diría que todo lo anterior, pero lo ordenaría en una jerarquía. Primero viene el conocimiento. Desde la infancia, deberíamos comprender que formamos parte de la naturaleza y que, si la naturaleza sufre, de algún modo nosotros también sufriremos. No es necesariamente una cuestión espiritual, aunque pueda serlo para algunas personas. Es una cuestión científica. También creo que debemos cultivar más la compasión, el cuidado mutuo y el reconocimiento del otro, yendo más allá de ese individualismo que, en última instancia, tiene su raíz en el capitalismo. Esto nos lleva inevitablemente a un debate político, pero tiene que ser una política distinta: más inclusiva, que incorpore nuevas perspectivas, porque la política tradicional a menudo ha sido moldeada por la discriminación. Si queremos imaginar futuros diferentes, debemos abrir espacio a la diversidad y a las voces que nunca han sido escuchadas. Si no lo hacemos, será muy difícil salir de la crisis de extractivismo a la que nos enfrentamos.
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