
Extracción de litio en el salar de Atacama. Foto: Paula Díaz Levi
Hace unos 13.700 millones de años, apenas unos minutos después del Big Bang, el litio se formó en el universo junto con el hidrógeno y el helio. Hoy está presente en la vida de millones de personas —ya sea en fármacos, en coches eléctricos o simplemente como el combustible que mantiene en marcha nuestros smartphones — y se ha convertido en uno de los recursos naturales más codiciados del planeta. Esto se debe a su papel central en las baterías que alimentan gran parte de la tecnología moderna y hacen que los engranajes de la fast tech no paren de girar.
De hecho, el litio es perfecto para las baterías recargables porque es el metal más ligero que existe y puede concentrar una enorme cantidad de energía en un tamaño compacto y liviano. Durante el proceso de carga y descarga, los iones de litio se desplazan de un lado a otro entre los dos electrodos de la batería, mientras que los electrones fluyen por un circuito externo para generar la corriente eléctrica que da vida al dispositivo. Este eficiente movimiento de iones y electrones permite recargar las baterías de iones de litio cientos de veces garantizando un alto rendimiento en multitud de dispositivos electrónicos de consumo masivo.
Sin embargo, el litio también está en el centro de crecientes disputas medioambientales, sociales y políticas. Las enormes cantidades de agua necesarias para extraerlo han despertado preocupación por el agotamiento de los acuíferos del desierto, así como por la pérdida de biodiversidad —incluida la disminución de las poblaciones de flamencos— y los efectos negativos sobre los medios de vida, las culturas y el futuro de las comunidades indígenas que dependen de estos salares desde hace miles de años. Muchas de estas tensiones se concentran en el llamado Triángulo del Litio, una región que abarca el norte de Chile, Argentina y Bolivia y que alberga algunos de los mayores recursos conocidos de litio del mundo.
En el corazón de esta región se encuentra el salar de Atacama, en Chile, un vasto paisaje de 3.000 km² habitado mucho antes de que el litio se convirtiera en un recurso estratégico para la economía global. Desde hace más de 10.000 años, distintos pueblos han desarrollado sus formas de vida en este lugar, que hoy se ha convertido en símbolo de los intensos debates sobre el extractivismo en Sudamérica.
"El salar de Atacama no es un mero yacimiento de minerales críticos. Para el pueblo indígena atacameño lickanantay es un territorio que ha mantenido la vida humana durante miles de años en uno de los desiertos más áridos del planeta", sostiene Sergio Cubillos, presidente de la comunidad indígena atacameña de Peine. "Uno de los mayores errores históricos de esta industria ha sido evaluar los impactos proyecto por proyecto".
Y añade Cubillos: "Al final somos las comunidades quienes sufrimos los efectos acumulativos de todas las operaciones que se ejecutan simultáneamente en la cuenca. No es solo una cuestión de extraer agua, aunque eso ya supone un gran impacto. También altera profundamente a nuestra sociedad y cambia nuestra forma de vida. La gente termina migrando hacia empleos completamente ajenos a las tradiciones y al sustento que siempre hemos tenido".
Peine, un pequeño pueblo de la Región de Antofagasta, al norte del país, es la comunidad habitada más cercana a los pozos de extracción de litio. Aunque Chile tiene más de 60 salares y lagunas saladas, actualmente el litio solo se extrae del salar de Atacama. Solo por este motivo ya hay proyectos en marcha que buscan expandir la minería a otras partes del desierto.

Una laguna del desierto de Atacama que está casi seca. Foto: Diego Bravo
"El litio es un mineral que se encuentra en distintos lugares del planeta, tanto en las rocas como en ambientes acuosos, como los salares. Por lo tanto, existen diferentes métodos de extracción, que conllevan impactos distintos", explica Cristina Dorador, investigadora y ecóloga microbiana originaria del norte de Chile. "El salar de Atacama, junto con otros salares de Bolivia, Argentina y Chile, tiene altas concentraciones de litio. Los principales impactos están relacionados con la evaporación del agua, porque para obtener litio es necesario evaporarla".
Para hacerse una idea, el litio se extrae de salmueras (agua rica en sales que se encuentra en salares) que se bombean a grandes estanques de evaporación, donde quedan expuestas a la intensa radiación solar del desierto. Aunque las estimaciones varían, un estudio calcula que producir una tonelada de litio requiere la evaporación de unos 2 millones de litros de agua de pozos, el equivalente a 2.000 toneladas de agua que no se pueden recircular. No es un dato menor si se tiene en cuenta que más del 50 % de la producción actual de litio tiene lugar en zonas con un alto estrés hídrico, como el norte de Chile y Australia.
La desaparición de los flamencos
Rodeados de montañas y lagunas, con su plumaje rosa y su andar pausado, los flamencos — solor en kunza, la lengua del pueblo lickanantay— son algunos de los habitantes más emblemáticos del salar de Atacama. En el pasado, grandes bandadas de estas aves llegaban a los salares en diciembre para anidar. Comunidades como la de Peine organizaban recolecciones colectivas de huevos. Algunos relatos cuentan que había tantos pájaros que, cubrían de sombra partes enteras de la laguna. Pero eso se acabó.
En la última década, las poblaciones de flamencos en el desierto de Atacama se han desplomado. "Había todo un ritual, una conexión y también una planificación. No se trataba de llegar y coger mil huevos. Había un límite permitido y se requería autorización. La reproducción por aquel entonces era algo extraordinario. Llegamos a tener más de 5.000, e incluso algunos decían que 7.000 parinas (flamencos) en el salar de Atacama. Hoy no llegan ni a mil", recuerda apenado Cubillos.
Algo parecido ha ocurrido con otras prácticas tradicionales. La agricultura en los oasis del desierto se ha vuelto una misión cada vez más difícil a medida que escasea el agua, mientras que el desecamiento de los bofedales altoandinos ha reducido las zonas de pastoreo de llamas y alpacas, animales que durante generaciones han aportado alimento, fibra, transporte y sustento a las familias lickanantay. Al mismo tiempo, muchos vecinos han abandonado el campo y la ganadería para incorporarse a otros trabajos (entre ellos la minería), lo que ha acelerado las transformaciones en la vida comunitaria y la pérdida en la transmisión de los saberes ancestrales.
"Chile no fabrica ni una sola batería ni un solo teléfono a día de hoy, a pesar de esta enorme riqueza en litio. Simplemente se están aprovechando de su recurso".
La minería de litio —y otras industrias extractivas como la del cobre— se ha asociado con el descenso de los niveles de agua, la reducción de la cubierta vegetal y la alteración de hábitats como lagunas y humedales altoandinos. Por otro lado, la evidencia científica sobre los impactos de la minería de litio en la salud en Chile siguen siendo muy limitada, lo que pone de manifiesto la necesidad de una investigación epidemiológica más profunda. Por ahora, los impactos más visibles se observan en el ecosistema desértico.
Dorador explica que "la explotación del salar de Atacama ha tenido consecuencias tanto ambientales como sociales. Algunas especies, especialmente los flamencos, están abandonando el salar y ya no anidan allí. La cobertura vegetal ha disminuido, los niveles de agua han bajado, partes del salar se están hundiendo y la industria también ha desencadenado múltiples conflictos socioambientales con las comunidades indígenas de la zona".
Un estudio publicado en 2022 en Proceedings of the Royal Society B concluyó que, de las tres especies de flamencos que habitan el salar de Atacama, dos (ambas endémicas) han disminuido entre un 10 y un 12 % en tan solo 11 años debido a los distintos impactos de la extracción de litio. Pero los flamencos son solo una parte de la biodiversidad local. Los salares también albergan otras aves, mamíferos, reptiles, anfibios y peces, así como una extraordinaria diversidad de microorganismos, todos ellos esenciales para los ciclos ecológicos y para comprender la adaptación biológica a condiciones extremas.
Otro estudio publicado en 2024 en IEEE Transactions on Geoscience and Remote Sensing concluyó que la extracción de salmuera está provocando que algunas zonas del salar de Atacama se hundan a un ritmo de 1 a 2 cm por año. Según un estudio de 2019, los niveles de las aguas subterráneas también han descendido más de 10 metros en un periodo de 15 años. "Para nosotros, los ecosistemas forman parte de un tejido cultural y espiritual más amplio. Cuando se ve afectado un humedal, una laguna, un manantial o una especie que forma parte de nuestro territorio, también se ven afectadas nuestra memoria y nuestra identidad”, afirma Cubillos, presidente de la comunidad de Peine.
Un mundo con sed de litio
Según el informe Global Critical Minerals Outlook de la Agencia Internacional de la Energía (AIE), la producción mundial de litio aumentó más de un 35 % en 2024, mientras que la demanda creció casi un 30 % en ese mismo año. La mayor parte del consumo procedía del sector de los vehículos eléctricos, aunque el almacenamiento de energía (que actualmente representa el 9 % de la demanda) está experimentando un crecimiento acelerado. China concentra más de las tres cuartas partes de la demanda mundial de litio, seguida de Corea del Sur y Japón.
Sin embargo, se prevé que las existencias procedentes de los proyectos de litio ya anunciados no cubran la demanda para 2035, con un déficit estimado del 40 %. Aunque a corto plazo el mercado está bien abastecido, se espera que el rápido crecimiento de la demanda genere un desequilibrio estructural. En otras palabras, harán falta más proyectos de extracción para satisfacer el consumo mundial. Esto es importante no solo para los vehículos eléctricos, sino también para la economía de la fast tech, donde la producción incesante y la sustitución constante de smartphones y otros aparatos electrónicos continúan disparando la demanda de litio.

Las huellas de la minería de litio están por todo el paisaje natural de Chile. Foto: Paula Díaz Levi.
Este panorama es especialmente delicado para Chile, el segundo productor de litio más grande del mundo después de Australia. La economía chilena ha dependido durante mucho tiempo de la exportación de materias primas, lo que genera preocupación por la limitada innovación y el escaso desarrollo tecnológico local. "En materia de litio, Chile sigue siendo un país extractivista: no aprovecha un recurso natural de alto valor para integrarse en la cadena industrial. Actualmente Chile no fabrica ni una sola batería ni un solo teléfono a día de hoy, a pesar de esta enorme riqueza de litio", señala el geólogo José Cabello, profesional con amplia trayectoria en el sector minero y certificado como Qualified Person (un perfil cualificado que valida y firma informes técnicos sobre recursos y reservas minerales).
En 2023, el gobierno del entonces presidente Gabriel Boric lanzó la Estrategia Nacional del Litio, que incluía la creación de una Red de Salinas Protegidas —con el objetivo de proteger al menos el 30 % de estos ecosistemas para 2030— y del Instituto Nacional del Litio y las Salinas (INLiSa), destinado a generar y aplicar conocimiento, tecnología e innovación para impulsar el desarrollo sostenible de la industria del litio.
Pero aún persiste la incertidumbre. El 12 de marzo de 2026, un día después de la toma de posesión del gobierno del presidente de extrema derecha José Antonio Kast, el Ministerio del Medio Ambiente retiró 43 decretos medioambientales que estaban siendo revisados por la Contraloría General de la República, el organismo encargado de velar por la legalidad de los actos administrativos del Estado antes de que entren en vigor. Entre ellos había decretos que habrían otorgado protección oficial a seis salares, que estaban llamados a ser los primeros en quedar amparados por la Red de Salares Protegidos.
“Nos alarman el desistimiento de los decretos de la Red de Áreas Protegidas. Se invirtió un esfuerzo enorme en ese proceso y este gobierno no da señales de que vaya a restablecerlos”, afirma Verónica Molina, directora del INLISa. Molina fue nombrada por el Ministerio del Medio Ambiente y es además académica de la Universidad de Playa Ancha y directora del Hub Ambiental UPLA.
Alternativas para un futuro con salares
Actualmente, las empresas que operan en el salar de Atacama — Albemarle y Novandino (propiedad de SQM y Codelco)— estudian distintas opciones para reducir su impacto. Una de ellas es la extracción directa de litio (DLE), un proceso que separa el litio de los componentes de la salmuera para poder extraerlo sin necesidad de grandes piscinas de evaporación. Según Cabello, que también fundó el Centro de Estudios de Minerales Estratégicos y Críticos en Chile, la extracción directa podría ser un camino viable. "Otra alternativa pasaría por fijar un tope máximo de extracción para cada salar, ya que estas formaciones tardan mucho en desarrollarse y las tasas actuales pueden llevar al agotamiento. Podría diseñarse una explotación de perfil más ecológico".
No obstante, también hay que tener en cuenta sus limitaciones. Un estudio académico publicado en Nature Reviews Earth & Environment advierte que, en algunos casos, la DLE podría necesitar incluso más agua que los métodos actuales, lo que limitaría su viabilidad en regiones áridas. También se está investigando la reinyección de salmuera, pero la investigación sigue siendo limitada. Dorador señala que "puede parecer positivo porque ayuda a restaurar los niveles de agua. Pero, desde el punto de vista químico, nunca será lo mismo: el fluido reinyectado tiene una salinidad menor, lo que puede afectar al salar tanto física como biológicamente".

Desierto de Atacama, Chile. Foto: Paula Díaz Levi
Cubillos se muestra más cauteloso: "Las comunidades no podemos convertirnos en campos de prueba para tecnologías experimentales cuyos efectos a largo plazo aún no se comprenden del todo". Otra forma de reducir los impactos es impulsar modelos de economía circular, como el reciclaje de baterías, alargar la vida útil de los dispositivos y desarrollar tecnologías que requieran menos materias primas. Según la AIE, ampliar el reciclaje podría reducir la necesidad de nuevas minas de litio en más de un 20 % de aquí a 2050. Además, el litio recuperado tiene una huella de carbono significativamente menor que el de extracción minera.
Reciclar las baterías de iones de litio de móviles, portátiles y tabletas también dará un respiro a la presión extractiva. Un estudio publicado en Science Direct estima que, solo en China, se generarán alrededor de 900 millones de baterías de móvil desechadas y 2.100 millones de baterías de portátil de aquí a 2030. Sin embargo, con las tecnologías de reciclaje actuales, solo se puede recuperar una pequeña fracción de ese litio.
Molina sostiene que, aunque el reciclaje de baterías y la tecnología reacondicionada ayudan, no abordan el problema de raíz del sobreconsumo y la sobreproducción: "Al igual que se habla de la huella hídrica o de carbono, deberíamos empezar a pensar en términos de huella de minerales críticos: rastrear el litio desde el salar donde se extrae hasta el lugar donde termina utilizándose".
Esto requerirá una toma de conciencia tanto colectiva como individual. "El primer paso es reconocer que cada teléfono tiene una huella territorial. Yo también tengo un teléfono y un ordenador; todo lo que usamos la tiene un impacto detrás. Existe una tendencia a presentar las tecnologías digitales como limpias, pero detrás de cada dispositivo hay ecosistemas, agua, comunidades y territorios ", explica Cubillos. "Nosotros estábamos aquí antes de la minería industrial y seguiremos viviendo aquí. La pregunta es qué tipo de territorio heredarán nuestros hijos, nietos y bisnietos".
Al fin y al cabo, la historia del litio no arranca en una fábrica de baterías ni en el escaparate de una tienda de telefonía, sino en parajes como el salar de Atacama, en pleno desierto de Atacama: uno de los rincones más secos de la tierra y hogar de una naturaleza tan única como frágil. El auténtico desafío no pasa solo por alimentar la tecnología del mañana, sino por hacerlo sin exprimir los paisajes, los ecosistemas y las comunidades que hacen posible ese futuro.
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