
Foto: Guillaume Collanges
El cineasta y fotógrafo francés Guillaume Collanges ha capturado imágenes de una belleza y una destrucción sobrecogedoras en lugares tan diversos como Senegal, China o Colombia. Pero no hay duda de que su viaje a la isla de Bangka, en Indonesia —en colaboración con el periodista Arnaud Guiguitant— ha dejado una huella imborrable en este parisino.
Durante un reportaje para France24 en 2020, Collanges hizo una impactante serie fotográfica de los hombres y niños que trabajan en condiciones peligrosas para extraer estaño, un metal imprescindible para soldar las piezas de móviles y portátiles. Sin estaño, sería imposible conectar de forma segura los componentes de un smartphone, lo que lo convierte en una materia prima fundamental para la fabricación de los dispositivos electrónicos modernos.
A medida que tanto consumidores como fabricantes han impulsado la costumbre de cambiar de móvil cada doce meses, la demanda de estaño también ha aumentado. Aunque cueste creérselo, alrededor de una cuarta parte del estaño mundial proviene de esta isla del tamaño de Córcega. Pero ¿cuál es el coste real?
En el mar y en tierra firme, Collanges vio a personas jugándose la vida solo para extraer casiterita, un polvo metálico que es la principal fuente natural de estaño. La gente con la que se encontró estaba "en el peldaño más bajo de la jerarquía. Son los trabajadores que realizan las tareas más duras", afirma él.
El peligro al que se enfrentan es innegablemente mortal, explica. "Teniendo en cuenta los riesgos que asumen, podrían morir… es un trabajo demoledor que alimenta el capitalismo occidental". Trabajen de forma legal o ilegal, el resultado de su esfuerzo termina siempre en el mismo sitio: el mercado internacional. Sus técnicas de extracción invasivas también ejercen una presión considerable sobre el medioambiente, ya que se utiliza agua a alta presión para arrastrar la tierra rica en estaño, lo que acaba causando un daño irreversible al terreno.
Mar adentro, el dragado agita el lecho marino y, en el proceso, arrasa con los ecosistemas marinos. Estas prácticas están acabando con arrecifes de coral que antes eran hábitat de peces, contaminan las aguas locales y dejan paisajes yermos y estériles donde, según Collanges, "no hay nada más que arena… ni una sola planta puede crecer".
A continuación, nos explica la historia detrás de cinco de las imágenes más impactantes de su serie Tin Convicts, revelando el coste medioambiental que a menudo se pasa por alto en la carrera por el progreso tecnológico y el beneficio económico. Al arrojar luz sobre la dura realidad de la producción de estaño, estas imágenes dejan claro cuál es el verdadero precio de la fast tech para las personas y para el planeta.

Foto: Guillaume Collanges
Este socavón escarpado e inestable es una antigua mina legal que lleva mucho tiempo abandonada y que ahora han ocupado mineros artesanales que trabajan al margen de la ley. Según explica Collanges, estos mineros, utilizando palos rudimentarios y picos para trabajar el terreno, "cavan, cavan y cavan, cada vez más profundo". Y advierte: "Al cabo de un tiempo, el peligro es que esta pared de roca se derrumbe y los entierre vivos". Varios grupos activistas calculan que cada año mueren hasta 100 mineros en Bangka. Incluso sin la amenaza de los desprendimientos, las condiciones son extremadamente peligrosas y, según Collanges, un auténtico infierno. "Ahí dentro hace un calor insoportable y el ruido de las bombas y los motores diésel es ensordecedor", explica. "Es imposible hablar con nadie con semejante estruendo; cuando me fui, me pitaban los oídos".
Los gases de escape del diésel son tan fuertes que te dejan la cabeza a punto de estallar. Los hombres que trabajan en esta mina —unos treinta a la vez— no tienen su propio equipo ni ganan dinero directamente: se llevan un porcentaje de lo que consigan sacar para sus jefes. Muchos han llegado desde islas vecinas con la ilusión de hacerse de oro. "Es una jerarquía donde están los ricos y, luego, los que no tienen nada y vienen a probar suerte para ganarse la vida como pueden", señala Collanges.

Foto: Guillaume Collanges
Se bombea agua a alta presión para remover el fondo de la fosa, y los hombres de la imagen pasan ocho horas al día caminando entre un lodo estancado bajo un sol abrasador. "Allí abajo hacía 40 grados", cuenta Collanges. "Es realmente duro. El joven de la izquierda no lleva protección, pero el mayor lleva gorra y capucha. Casi todo el mundo va cubierto con sombrero y manga larga porque están al sol todo el día". Por la tarde, Collanges vio el fruto de la jornada: varios kilos de casiterita. Para entonces, los hombres estaban agotados, dice. "Era un trabajo realmente extenuante, eso seguro".

Foto: Guillaume Collanges
Collanges visitó en su casa a Alfonso, un comerciante de estaño. Alfonso le compra al peso la mercancía a mineros ilegales como Sofiane y luego vuelve a lavarla en su propia casa para comprobar qué cantidad de estaño ha adquirido en realidad. Alfonso no quiso revelar el destino exacto de ese estaño, pero es más que probable que acabe exportándose junto con el que se extrae de forma legal. Esta gente, explica Collanges, no son más que engranajes de la maquinaria. "El problema de fondo es que ganan mucho mejor la vida haciendo esto que dedicándose a cualquier otra cosa".

Foto: Guillaume Collanges
Ikrane, de 13 años, trabaja con su padre y su hermano. Le contó a Collanges y a Guiguitant que nadie lo había obligado a dejar el colegio dos años atrás para convertirse en minero. En cierto modo, cuesta creer que un niño elija meterse en un trabajo tan peligroso por voluntad propia. Sin embargo, la falta de oportunidades laborales para la clase trabajadora, la tentación del dinero y la posibilidad de sacar adelante a sus familias son motivos de mucho peso para los jóvenes. "En la práctica, su infancia ha terminado", señala Collanges. "Catapultado a la vida adulta de la noche a la mañana".

Foto: Guillaume Collanges
Desde la colonización holandesa de principios del siglo XIX, Bangka ha sido exprimida para extraer su estaño. Se suele decir que hay zonas de la isla que parecen Marte, y en esta foto el parecido es impactante. "Esta tierra refleja tonos ocres, rosas y dorados. Hay algo lunar, magnífico y, al mismo tiempo, bastante aterrador en esta imagen", explica Collanges. Por ahora, el futuro de Bangka sigue estando en el aire. Y aunque todo apunta a que tanto el Estado como quienes tienen los medios seguirán explotando esta maltrecha isla durante mucho tiempo, está claro que el modelo es insostenible. Aun así, según Collanges, todos podemos aportar nuestro granito de arena: "La otra solución pasa por el consumo. La respuesta está en consumir menos y, por supuesto, en reciclar más".
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