Cómo grabar CDs ayudó a mi familia a recordar

19 de octubre de 2026


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Liam Murphy-Robledo

El escritor Liam Murphy-Robledo reflexiona sobre cómo la costumbre que compartía con su tío de grabar música personalizada en CDs ayudó a despertar recuerdos entrañables en familiares con alzhéimer.

Para mi tío John, los CDs eran la mejor forma de disfrutar de la música. Su calidad de audio sin pérdidas sigue superando a la de la mayoría de plataformas de streaming actuales. Pero sus razones para quedarse con el formato físico iban mucho más allá de la profundidad de bits.

Poner un CD es una experiencia sensorial especial. Escuchar cómo empieza a girar, bien protegido dentro de un reproductor robusto, mientras la luz del láser se trabaja para decodificar su contenido. Grabar CDs es todavía más especial. Hace que la música se vuelva algo tangible, algo a lo que le pones tu propio sello. Un disco Maxell plateado de 700 MB podía acabar convertido en una lista de canciones seleccionada con todo el cariño del mundo, en una emisora privada hecha a medida de tus gustos o un viaje directo a los recuerdos más queridos. Y mi difunto tío John, que era todo un grupo de rock progresivo condensado en una sola persona, lo sabía de sobra.

Hay una foto que lo resume a la perfección. Corre el año 2001. John está de pie en el salón, junto a un enorme Packard Bell Legend y su fiel teclado Roland XP-60. Parece el típico padre orgulloso en el podio junto a su hijo el día de las competiciones del colegio. Ahí componía temas propios para regalárselos a su madre, Dorothy. Más tarde, esa música cobraba forma física gracias a su estación de grabación Korg D3200 de 12 canales. Todo un peso pesado de la época —y bien que pesaba— con 32 pistas y una mesa de mezclas de 40 entradas. Llevaba una grabadora de CD-RW integrada que emitía ese zumbido inconfundible, avisándote de que tu creación estaba cobrando vida.

Los CDs caseros de mi tío (grabados por su propio sello "Smoking Pig Productions") no tenían nada que ver con los que yo me compraba en HMV. Para empezar, la pinta era totalmente distinta: portadas llenas de cerdos bailando en clip art y fotos recortadas y pegadas de cualquier manera, con guiños en los créditos donde metía a músicos inventados como "Hugh Jarse" o "Annie Oldiron". Al tacto también eran otra cosa: papel de impresora áspero metido en cajas de plástico endebles compradas en cualquier tienda. Y, sobre todo, sonaban diferente: sus temas eran odas muy personales a la vida cotidiana, inspiradas en referentes como Robert Wyatt, Charles Mingus y la extravagante escena de rock progresivo de Canterbury de los años 60. Componía canciones sobre su moto azul eléctrico, "Mr Shark", a ritmo de alegres pitidos, o "Bland Man’s Bluff", un tema de un optimismo sencillo y sin pretensiones: "No hace falta ser un héroe… cultiva tu pequeño jardín mientras puedas, sé fiel a quien eres". Eran auténticos tesoros.

El autor y su tío John, que graba CD

No tengo muy claro qué opinaría mi abuela de semejantes experimentos de rock progresivo de más de diez minutos, pero los guardaba en una caja de zapatos justo al lado de su reproductor plateado Hitachi CX-70UK. Cuando le diagnosticaron alzhéimer, aquellos CDs se volvieron todavía más especiales. Primero, porque eran objetos tangibles, algo con peso de verdad en un mundo digital cada vez más etéreo. Pero es que, además, las letras de John tenían el poder de rescatar recuerdos. Un tema que le compuso por sus 90 años, en 2008, la devolvió con ternura a su época en la Stradbroke Music Hall Society. John también había metido grabaciones con mensajes de todos nosotros, a modo de cuñas entrañables entre canción y canción. Pequeños momentos que le recordaban a mi abuela lo muy querida y acompañada que estaba.

La música tiene el poder de hacer resurgir recuerdos; ese poder nunca se desvanece. Y grabar CD permite materializar ese poder, que parece provenir de otro mundo.

John falleció en 2014, dos años después que Dorothy. Pero gracias a todo el tiempo que le dedicó a esa Korg D3200, nos dejó muchísimo más que simples recuerdos. Mi propia madre, Joan, ahora también convive con el alzhéimer a sus 71 años. Las conversaciones con ella —aunque siguen siendo tan maravillosas como siempre— suelen irse por las ramas. Ahora las historias necesitan que la guíes un poco más. Eso sí: su pasión por la música sigue tan intacta como siempre. Así que, donde Smoking Pig dejó de producir, mi propia "Middle Man Radio" —llamada así por ser yo el hermano mediano— Así que, donde "Smoking Pig" dejó de producir, mi propia "Middle Man Radio" —llamada así por ser yo el hermano mediano— ha cogido el relevo grabando CDs.

Ya llevo cuatro entregas grabadas en disco de mi propia emisora casera. Middle Man Radio está repleta de canciones que sé que a mi madre le encantan: cancioncillas cockney (la música popular del este de Londres) que aprendió de su madre y, para redondear, algún que otro tema de la peña de Canterbury de su hermano. Pero también le cuelo música que creo que le puede gustar, como Junko Ohashi o Hiroshi Sato. Tantos años escuchando con ella a Steely Dan y a Phil Collins me decían que, en el fondo, podía ser una fan oculta del city pop.

Liam Murphy y su madre, Joan.

Siguiendo los pasos de mi tío, he dado rienda suelta al meme de "graphic design is my passion": le he hecho montajes con Photoshop para ponerla de DJ o plantarle un alegre sombrero mexicano en la cabeza (para la última entrega que grabé estando fuera: "Con agallas desde México"). También he metido a mis hermanos como si fueran "oyentes" que llaman al programa para dejarle mensajes a mi madre, recordándole cosas que han pasado este año o, simplemente, para decirle cuánto la quieren.

Por alguna razón, ahora es más difícil grabar CDs que en la época de mi tío: supongo que por eso lo llaman "slow tech revolution". Envidio el humilde estudio que tenía montado. Ninguno de mis portátiles tiene ya lector de discos. Un par de veces le he tenido que coger prestado el Lenovo Thinkpad a mi padre. Aun así, escuchar ese zumbido mientras todo el trabajo se va grabando en el disco no tiene precio. Los hago para mi madre, pero también pensando en cuando mis hermanos y yo nos hagamos mayores y queramos pasarles esta tradición a nuestros propios hijos.

La música tiene el poder de rescatar recuerdos: ese poder nunca desaparece. Y los CDs son capaces de darle forma física a esa magia. Nos ayudan a aprender, a crecer, a valorar las cosas y a recordar, algo impagable no solo para quienes conviven con el alzhéimer, sino para prácticamente cualquiera. Ya lo decía mi tío John: "¡Celebremos la vida de la mente!".

Escrito por Liam Murphy-Robledo

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