Móvil, dulce móvil: dentro de la Slow Tech Summit 2026

27 de octubre de 2026


7 min de lectura


Alice Pfeiffer

La Slow Tech Summit de Back Market nació en 2025 para invitarnos a reflexionar sobre cómo la tecnología influye en nuestras vidas. Este año abrió sus puertas al público con una jornada repleta de debates junto a referentes de la tecnología, la cultura y el activismo, además de exposiciones reveladoras y talleres prácticos. La periodista Alice Pfeiffer nos cuenta su experiencia desde allí.

Llegué a La Grande Menuiserie de París un jueves, con la batería del móvil en las últimas y un ligero sentimiento de culpa. A punto de unirme a un grupo de expertos y entusiastas de la tecnología en la Slow Tech Summit de Back Market, no podía dejar de pensar en lo mucho mejor que sería la vida con un dispositivo nuevo: la batería duraría más, mis fotos de Instagram quedarían mejor y, lo más importante de todo, podría estrenar funda.

Como a cualquiera, me encantan los dispositivos nuevos y relucientes, sobre todo los móviles, que a estas alturas son casi una extensión de nuestro cuerpo. Daba igual que el mío apenas tuviera un año.

Tras quince años escribiendo sobre moda y su ciclo interminable de colecciones, he visto de primera mano cómo se crea y se alimenta el deseo. La funcionalidad y la necesidad poco tienen que ver en esto. Son las tendencias las que crean nuevas necesidades, haciendo que productos en perfecto estado parezcan insuficientes de la noche a la mañana. La tecnología sigue la misma lógica que la moda: reemplazamos en lugar de reparar. Los modelos antiguos desaparecen del mapa y los nuevos parecen materializarse de la nada. Raras veces nos preguntamos de dónde vienen o dónde van a parar.

Tu móvil pesa más de lo que crees

El 15 de octubre, Back Market plantó cara a este culto a lo nuevo. En su segunda Slow Tech Summit, la compañía reunió a científicos, activistas, periodistas, artistas y asistentes de todas las edades en una jornada gratuita de charlas, exposiciones y talleres.

El encuentro coincidió con las Journées nationales de la réparation (las Jornadas Nacionales de la Reparación de Francia), con una idea central: conseguir que los smartphones duren diez años. Una década parece razonable para una nevera o una lavadora, pero un móvil con diez años casi se considera una pieza de museo. Y, como estaba a punto de descubrir, llegar a esa meta exige replantearse la forma en que se diseñan, fabrican, venden, reparan y desechan nuestros dispositivos.

Mira quién habla

El cofundador de Back Market, Thibaud Hug de Larauze, abrió el acto con una pregunta rápida: ¿cuánto pesa un smartphone? En el bolsillo, unos 200 gramos, pero fabricarlo exige extraer 266 kilos de materias primas, y el 80 % de su huella de carbono se genera antes incluso de encenderlo por primera vez.

Para sacar a la luz estos costes invisibles —las consecuencias medioambientales, geopolíticas y humanas de la extracción de minerales—, el espacio se transformó en una experiencia multimedia, con proyecciones inmersivas, pantallas gigantes, puestos de soldadura, smartphones desmontados, videocámaras vintage e incluso patatas que alimentaban luces LED.

A medio camino entre una feria de ciencias y un evento cultural, el encuentro hizo que la tecnología volviera a ser algo tangible. Solemos imaginar el mundo digital como algo etéreo: un mundo de nubes, conexiones inalámbricas y datos invisibles, sinónimo de libertad, movilidad y vida nómada digital. Y aunque hemos aprendido a preguntarnos de dónde viene nuestra comida y qué contiene, seguimos comportándonos como si los móviles cayeran del cielo. No seré tan pedante como para citar a Marx, pero resulta inevitable acordarse de su concepto de "fetichismo de la mercancía": el producto final parece casi mágico, desconectado del trabajo y las relaciones sociales que lo hicieron posible. Aquí, el aspecto impecable del smartphone apenas deja entrever las realidades complejas que esconde.

Exploré estas cuestiones en una conversación que moderé con el periodista estadounidense Vince Beiser, autor de Power Metal, el activista medioambiental congoleño David Maenda Kithoko, fundador de Génération Lumière, y la química Dr Marie Perrin, cofundadora de REEcover. Entre los tres desgranaron la cantidad de historias —y de capas de destrucción— que se concentran en un único dispositivo. Beiser investiga la carrera global por los metales que mueven la tecnología moderna; Kithoko documenta el impacto de la minería en las comunidades de su Congo natal, y Perrin desarrolla métodos para recuperar tierras raras a partir de materiales ya existentes. Juntos sacaron a relucir las dinámicas de poder que mueven estas extracciones: quién se beneficia, quién paga el precio y a quién se le exigen responsabilidades.

Marie Castelli, directora de Sostenibilidad y Asuntos Públicos de Back Market, también subió al escenario para explicar cómo, mediante el diálogo con legisladores, fabricantes, operadoras y otros gigantes del sector, la compañía está impulsando un futuro en el que conservemos el móvil durante diez años. Eso implica desafiar los sistemas y los incentivos que nos empujan a cambiar de dispositivo cada dos o tres años, además de construir un mercado donde la tecnología dure más y dé servicio a más personas a lo largo del tiempo. En el fondo, no se trata solo de cambiar los hábitos de consumo, sino las estructuras que los alimentan.

Talleres para moldear el futuro de la slow tech

En otros espacios, los asistentes podían ponerse manos a la obra: soldar linternas, convertir patatas, limones y sal en baterías improvisadas o desarmar smartphones junto a ingenieros de iFixit. Davide Bonetti, autoproclamado "explorador analógico" y más conocido como @lecronachedidave, dirigió un taller en el que mostró sus inventos de tecnología retro, desde televisores mágicos que corrigen el color hasta cámaras CCTV portátiles y PSP personalizadas. Todo con un objetivo: animar a los asistentes a dar una segunda vida a la tecnología que ya tienen por casa. 

Ese mismo espíritu DIY se respiraba en la clase magistral que moderé con la creadora afincada en Londres Annike Tan, conocida como Ube Boobey. Totalmente autodidacta, fabrica cyberdecks (básicamente, ordenadores portátiles personalizados a partir de piezas rescatadas). Se trajo dos para enseñárselos al público: uno con forma de concha de sirena y otro montado dentro de un joyero. Ambos, a años luz de la electrónica de masas convencional y aséptica. Hablamos de los estereotipos de género en el sector tecnológico, su visión del hacking ético y por qué se niega a utilizar la inteligencia artificial. El público no paró de hacer preguntas prácticas: cómo había aprendido y cómo podían seguir sus pasos.

La cumbre terminó con el escritor y activista por los derechos digitales Cory Doctorow, creador del término enshittification (o "mierdificación"), que describe cómo las plataformas online se degradan a medida que las empresas anteponen los beneficios a las personas. Al imaginar un "internet posestadounidense", desvió el foco de los propios dispositivos para ponerlo en los sistemas digitales y las corporaciones que manejan los hilos.

Del día a la noche

Como en cualquier fiesta exclusiva, al caer la noche empezó a formarse una cola que doblaba la esquina. Grupos de influencers parisinos y transeúntes curiosos se agolpaban a las puertas del recinto, listos para continuar con el evento. Dentro, las copas empezaron a correr, y con ellas, nuevas conversaciones. Para quienes aún querían sumarse a alguna actividad, RO Studio montó un taller de serigrafía de camisetas con lemas tan icónicos como "Anti-upgrade club" o "La gente guapa compra en Back Market". La diseñadora de bisutería cibernética Liso.exe enseñó a crear joyas con residuos electrónicos, mientras artistas como Mayou Picchu, Andy 4000 y el dúo de pop indie Kids Return pusieron la banda sonora de la noche.

La jornada puso de manifiesto las contradicciones de nuestra relación con el móvil: les confiamos nuestra vida privada, pero no tenemos ni idea de cómo funcionan por dentro. Pagamos precios de lujo por ellos, pero los cambiamos cada dos años. Los llenamos de recuerdos y, aun así, tratamos los dispositivos como si fueran desechables. 

Al final, nadie en La Grande Menuiserie proponía abandonar los smartphones y volver a las palomas mensajeras. La slow tech no es antitecnológica ni nostálgica. Sus ambiciones son bastante más modestas: conservar lo que ya tenemos, reparar lo que se rompe y resistir las ganas de cambiar de modelo porque sí.

Volví a casa con el mismo móvil y todavía con menos batería. Las fundas nuevas pueden esperar.

Escrito por Alice Pfeiffer

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